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Un estudio constata la mejora psicosocial de los menores acogidos por familias colaboradoras.

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Un estudio constata la mejora psicosocial de los menores acogidos por familias colaboradoras.
El estudio sitúa a las familias como las mejores alternativas a los centros residenciales para el desarrollo psicosocial de los menores. Foto: Junta de Andalucía.

La investigación ‘Familias colaboradoras: un estudio sobre familias, infancia y adolescencia tutelada y procesos de colaboración’, desarrollado por la Universidad de Sevilla y la asociación Crecer con Futuro en colaboración con la Consejería de Igualdad, Políticas Sociales y Conciliación, constata la evidencia científica que considera las alternativas familiares a los centros residenciales como las más positivas para el correcto desarrollo psicosocial de los niños y niñas bajo tutela de la Administración pública. Este estudio ha sido llevado a cabo por Esperanza León, responsable del proyecto, Nuria Molano y Jesús M. Jiménez-Morago, profesorado del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla, junto con la psicóloga Ana Isabel Gallardo.

En Andalucía, el programa de Familias Colaboradoras es una medida de protección regulada y administrada por la Junta de Andalucía a través del Servicio de Protección de Menores (SPM). Este recurso altruista y solidario está protagonizado por adultos que tienen disponibilidad y deciden comprometerse a compartir momentos de ocio durante periodos de tiempo determinados (generalmente, fines de semana, festivos y vacaciones) con una niña, niño o adolescente que reside en un centro de protección. Normalmente, la convivencia con el chico o la chica se desarrolla en el domicilio de la familia colaboradora o en el lugar donde transcurran sus vacaciones.

Según refleja el estudio, de manera general, la adaptación del menor de edad a su familia colaboradora fue muy positiva. El 92,4% de los colaboradores y colaboradoras estaba muy satisfechocon la adaptación. Las relaciones personales de estos menores de edad con los miembros de la familia colaboradora se puntuaron de forma muy positiva, alcanzando una puntuación de 4,4 en una escala de 1 a 5. El clima familiar fue, en general, bastante positivo, con bajos niveles de estrés parental. En cuanto a la integración en el ámbito escolar, la mitad de las familias que participaron en el estudio (el 52,2%) la valoró de forma muy positiva.

Por otra parte, en relación con la evolución de los chicos y las chicas estudiados, se ha podido observar un significativo progreso, tanto en las valoraciones de las familias colaboradoras sobre las distintas áreas del desarrollo exploradas (física, cognitiva, emocional y social) como en las valoraciones sobre el ámbito académico (ajuste, rendimiento, motivación e integración). La gran mayoría de estas familias (83%) estaba satisfecha con la evolución de los chicos y chicas.

En general, estos resultados vienen a subrayar el importante efecto positivo que ejercen sobre este grupo de menores en colaboración las medidas alternativas a los centros y los referentes familiares en el marco de este recurso.

Perfiles estudiados.

En la investigación, llevada a cabo en 2018, participaron 64 familias colaboradoras activas en Sevilla capital y provincia, junto con 53 personas menores de edad que se encontraban en colaboración con ellas y que en ese momento residían en diversos centros de protección de la misma provincia y su capital. A partir de la información aportada por las familias colaboradoras participantes en el estudio, las autoras se marcaron, entre otros objetivos, analizar las características del perfil sociodemográfico de las familias colaboradoras; estudiar las características sociodemográficas de los niños, niñas y adolescentes en colaboración; conocer la forma en la que se desarrollaron los primeros momentos de la colaboración y la adaptación de estos menores a las familias; explorar el estado actual y la evolución de los chicos y las chicas durante la colaboración, así como la satisfacción de las familias con éste y otros aspectos de la colaboración familiar; examinar el perfil psicológico de las familias colaboradoras, además del funcionamiento y la dinámica familiar, y estudiar el desarrollo socioemocional y el ajuste conductual de los chicos y las chicas en colaboración, así como la presencia de sintomatología relacionada con los trastornos del apego, entre otros aspectos.

La edad media de las colaboradoras y colaboradores se situó en torno a los 45 años, con predominio de estudios superiores y situación laboral activa, con trabajos fuera del hogar. Principalmente, las colaboradoras desarrollaban labores relacionadas con la enseñanza y las ciencias sociales y los colaboradores trabajaban en el ámbito de la Administración pública y la enseñanza. La estructura familiar mayoritaria era el de parejas colaboradoras con hijos e hijas biológicas.

En relación al perfil sociodemográfico de las chicas y chicos, la media de edad se situó en torno a los 14 años, escolarizados en su totalidad y cursando la mitad de ellos la Educación Secundaria Obligatoria (ESO). La gran mayoría de estos menores tiene hermanos o hermanas, aunque sólo la mitad convive con los mismos en el centro.

El historial médico de estos menores de edad refleja que, mayoritariamente, son chicos y chicas sanos, aunque una cuarta parte padece alguna enfermedad crónica, síndrome o trastorno diagnosticado en el momento del estudio y cerca de un tercio presenta algún tipo de discapacidad, en su mayor parte de tipo mental. Respecto al historial de malos tratos previos identificados, destaca el porcentaje de negligencia (26,4%) y maltrato psicológico (24,5%) sobre otros tipos de maltrato.

En relación a la historia de institucionalización, casi la totalidad de los chicos y chicas había pasado por otros centros de protección –con una media de 8 años en acogimiento residencial- antes de iniciar la colaboración con las familias. De igual modo, aquellos niños y niñas que habían pasado por un mayor número de centros anteriormente presentaron más problemas emocionales y con sus compañeros de clase. También aquellos que ingresaron en los centros de protección a una edad más temprana mostraron más problemas conductuales, al igual que aquellos menores de edad que más tiempo habían pasado en situación de institucionalización.

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